Mi primer viaje “serio”, mi primer contacto con otros mundos, tan insospechadamente cerca que sorprende no haber ido antes: Irlanda.
Todo empezó con la planificación de un viaje a Heidelberg para hacer un curso de alemán durante un mes. Había (hay) que aprender alemán para el futuro (si me quiero dedicar a Heidegger, es lo que hay) y mi tutor de tesina me sugirió la idea de un curso allí por 400€, alojamiento incluido. Oportunidad estupenda, que hubiese aprovechado sin dudarlo de no ser por un pequeño problemilla de nada: el avión. O mejor dicho: claustrofobia. La sola idea de meterme en el pasaje, que cerraran la puerta y esas ventanillas tan pequeñas, todo ello era aterrador. A lo cual se le sumaba el hecho de irme solo, sin Merche, etc. El asunto no salió y la visita a Alemania se pospuso.
Entonces resulta que a Merche le dieron la beca MEC para aprender inglés, y se fue para tres semanas a Limerick, en la susodicha Irlanda. A la semana de estar allí me dijo que si quería irme con ella, así de repente. Y entonces se despertó el espíritillo ese aventurero: me iría yo solo al aeropuerto y me metería en un avión, para irme la última semana de su estancia con ella a Irlanda. Abajo, el vídeo del despegue (ya sé que no debo hacerlo; prometo el próximo domingo no encender ningún aparato durante el despegue). *Si se presta atención, se puede escuchar un “¡ostias!” durante el comienzo de la carrera de despegue. La aterrorizada boca que lo había pronunciado era, por supuesto, la mía:
¿Cómo un miedoso como yo se mete solo en un avión? Cosas que pasan. El caso es que lo superé y me encantó. Mención especial se merece el despegue, lo mejor con diferencia debido a ese efecto “tirachinas” que sientes cuando vas lanzado en tu asiento a 300km/h en V1…¡Es genial! Y luego las vistas desde arriba. De hecho, llegué a ver desde el avión el Estrecho de Gibraltar. Ahí va una muestra:

Está un poco oscura, lo sé. El día era intensísimamente azul y puse más contraste al objetivo para que se vieran por lo menos algo de la silueta de los dos continentes (!). Un poco hacia la izquierda se ve el peñón de Gibraltar. A su derecha, casi en el centro, Tarifa. Y justo encima, o sea, enfrente, África (!). Y yo que creía que estaba más lejos, y tenía el otro continente ahí delante…
Después de 2.30h de viaje, lo cual no fue mucho (me lo pasé sacando fotos del litoral de Portugal y leyendo el Ulises de Joyce) aterrizamos entre las nubes en el aeropuerto de Cork. Esta fue la primera imagen que vi del “otro mundo” al salir del aeropuerto:

Verde y gris: las dos cosas que más me llamaron la atención.
Después de eso, un trayecto en bus de 100km más o menos hasta Limerick y encontrar a Merche en la estación. El miedica claustrofóbico había sido capaz de volar hasta otro país y abrirse paso con su inglés aprendido en los videojuegos por las diversas estaciones (*me acuerdo cuando en la estación de autobús de Cork pregunté cuál era el bus que llevaba a Limerick. Después de estar mentalmente preparando la pregunta, caí en la cuenta que igual importancia tenía poder entender la respuesta en inglés… ¡Tuve que pedirle a la señorita de la ventanilla que me escribiera la respuesta en una nota!)
Una semana más tarde, Merche y yo volvimos a España. Ryanair nos dejó tirados durante 3 horas en el aeropuerto (sé que podía haber sido mucho peor) a causa de un “delayed”.

No obstante, ese tiempo lo supimos aprovechar perdiéndonos por los pasillos “no retry” del aeropuerto de Dublin. Los pasillos “no retry” tienen la característica de ser, justamente, de “no retorno”, con lo cual sólo hay que imaginar la cara que se nos quedó al ver a los dos guardias negarnos con la cabeza la vuelta por donde habíamos venido, para acto seguido ofrecernos salir del aeropuerto a través de la aduana de inmigración. Y eso a falta de una hora para el vuelo a Málaga. Finalmente, salió bien la cosa gracias a un ángel mozo del aeropuerto de esos que andan ayudando por ahí. Moraleja: este domingo no me voy a mover de la puerta de embarque que me toque.
Durante el viaje de vuelta, mi primero (y último) en Ryanair, fui agasajado por el cálido servicio de las azafatas y azafato anunciando cada 2×3 la lotería de Ryanair (¡si viajo en una low cost, para qué carajo querré gastarme el dinero en boletos!) y ofreciendo Coca-Colas al módico precio de 7€ (sic). En fin.
El aterrizaje en Málaga tuvo momentos especiales, como cuando apagaron las luces del pasaje y el avión daba la media vuelta sobre el mar para encarar la pista de aterrizaje, lo cual nos ofreció una bella vista de Málaga, que casualmente estaba en feria en aquella época. No es esta aquella imagen que guardo en mi memoria, pero fue justo unos momentos antes:

Y esa fue mi primera experiencia. El siguiente post lo dedicaré a paisajillos y fotos de Irlanda. Y el sábado pondré algunas fotos de mis pequeñas visitas a Salamanca y Madrid.
